martes, 20 de noviembre de 2012

Cosas sin sentido.


No existo, sólo soy el retorcido resultado del pensamiento de un adolescente enamorado o excitado, aún no lo tengo claro. Nací pensando en cosas sin sentido, y sólo cuando se me permitía pensar, solía soñar que viajaba lejos y que alguien me extrañaba, pero eso era para cuando se me permitía soñar. Jugaba con objetos de madera que con el tiempo se pudrieron, pero eso era para cuando jugar era aceptable. Creí creyendo que me faltaba algo, y una vez que crecí, me di cuenta que sí. Me faltaba algo que me impulsara a cometer los mejores errores de mi vida.
Me volví un nómada, un solitario, un jugador, jugaba con las personas a las que les hacia creer ser especiales, jugaba con mi mirada y las suyas, jugaba con sus sueños y los hacia creer en los míos y unirse a ellos, para una vez en ellos hacer lo que yo quisiese. Estaba tan cerca, tan lejos, tenía el control, podía romper los corazones de cualquiera, podía comerme sus almas, podía absorber su juventud como el malo del cuento, pero llego aquel sentimiento que me debilito, que me hizo suyo, y que una vez me consumió, me dejo.
Encontré este sentimiento en una sola persona, un sentimiento dulce como cualquier otro, me recordaba a la satisfacción que tenía por romper corazones, se parecía. Algo me cegó, algo me golpeó como un tren, me hizo creer en cuentos que nunca había oído, me hizo ir lejos, me llevo lejos de lo que una vez fui. Pise arenas que no conocía, vi cielos que no reconocía, encontré objetos que no sabía que existían, guarde mis secretos bajo tierra, y si el infierno existía, estaba en todas partes. No hay peor castigo para alguien como yo, que quemarse con la llama que encendió alguna vez. El infierno pintaba ser malo, y pintaba a pedirme devolver todas las almas que hice mía, para cuando me di cuenta del dolor, era porque comenzaba a sentirlo.

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